La Dama de Mágdalo


Presintió que la noche sería larga, descansaba en el atrio de su castillo templo, con la mirada perdida en el nublo firmamento, anhelante, ese cielo que antes creyó inalcanzable. Mirando hacia lo alto, descubriendo en sus colores el reflejo de su desolación, abstraída, conturbada de dolor, contemplaba el gélido ocaso. Su sueño se perdía en el horizonte incierto de aquel espacio vacío de la nada, de minutos con sabor a viaje sin retorno. Trataba de ver más allá de los límites de su imaginación, allí tampoco encontró consuelo, sin embargo, por breves momentos la embargaba una paz incomprensible, que le devolvía  esperanza, ¿estaba delirando? ¿Eran paz y serenidad lo que evocaba su alma sin entender el porqué? ¿Preludio divino?
Permaneció despierta hasta alcanzar el alba, orando, y salmodiando, tocando la lira, su amiga fiel; aquella que le acompañaba a cantar  sus versos en el silencio de la madrugada, haciendo eco de su alma: “Los cielos proclaman la gloria de Dios”* entonaba.
Supo que debía cumplir con la misión, el sagrado ritual de cubrir aquel cuerpo santo, le embargaban sentimientos  de pesadumbre y devoción. Salió  despacio, con ella llevaba las aromas, esencias de nardos, rosas blancas, sándalo y alabastro, que esperaban guardados por días en su baúl. Culminaría con solemnidad el rito bendito, el signo que sella la sagrada alianza del sacerdote y maestro con sus devotos. La alianza del único y verdadero amor. El amor eterno que trasciende el tiempo, el que permanece inquebrantable en el espíritu puro del amor divino.
La aurora visitaba la mañana, llegaba lentamente, el primer rayo de luz fue cómplice de las horas del solemne momento. Caminó bajando entre  palmeras, vislumbrando los picos distantes, los olivos y cedros fueron testigos de su desolación.
Más que caminar se deslizaba por aquellos montes, donde el verdor, las piedras y las flores todavía se mecían repitiendo Su voz.
Junto a la roca, justo entre las palmeras, se encontraría con Salomé y María de Cleofás. Unidas llevaron a cuestas el mismo dolor, el mismo fulgor de luz que El había dejado en sus corazones, como huella de  gozo permanente.
En la aurora se consagrarían con fervor y devoción a la dulce renuncia, aquellas horas sombrías daban paso a la a la alborada. Reverentes las tres, con un grito silente, esperarían para entrar a la cripta, en un solo instante, con mirada exultada descubrió la verdad,  el asombro lo sintió su cuerpo, su mente no entendía, el lugar estaba desierto, el signo era revelador, no estaba Su cuerpo. En su desconcierto, una luz de esperanza crecía en su pecho.

De repente escuchó una voz  sutil con aquel tono que tanto conocía, pero que ahora escuchaba con un acento de inexplicable paz.  Era su nombre pronunciado por aquél que  veneraba.
De su corazón brotó un canto de adoración, de llanto refrenado, profundo, casi un susurro de su alma y con ella su voz exhaló en cariz reverente, enternecido, anegado de júbilo, aquella palabra que quedó grabada para siempre en el tiempo, a través de los tiempos:
Rabbuní!

Revisado.



 Copyright ©2010 Elizabeth Polanco. All Rights reserved *1 "Los cielos cuentan la gloria de Dios" Salmo 19,2.Biblia de Jerusalén. *2 "que quiere decir Maestro. Juan 20,16.Biblia de Jerusalén.

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